La diversificación de canales – como la venta de seguros en supermercados, tiendas de mascotas o integrados en aplicaciones financieras – emerge, por lo tanto, como una estrategia de inclusión. Además de la innovación comercial, se trata de incorporar nuevos consumidores al sistema financiero formal. En consecuencia, el seguro deja de ser solo un producto y se convierte en un instrumento de inclusión económica.
Contrario a lo que podría pensarse, el mayor obstáculo para esta expansión no es la tecnología. En mercados como Colombia, por ejemplo, los sistemas de pago digital ya alcanzan niveles de madurez similares a los de países como Brasil. El reto reside en la creación de alianzas y en la capacidad de las aseguradoras para replantear sus modelos de distribución, un proceso que requiere visión estratégica y apertura a nuevos ecosistemas.
Mientras tanto, temas frecuentemente asociados con la transformación digital, como la hiperpersonalización, aún ocupan un lugar secundario en la Región Andina. A diferencia de los bancos, que ya utilizan datos e IA para crear experiencias altamente personalizadas, las aseguradoras locales aún se centran en resolver problemas más fundamentales, como el acceso, la escala y la eficiencia operativa.
Sin embargo, es importante reconocer un aspecto estructural del mercado latinoamericano: la percepción del seguro como un gasto. En contextos de ingresos más limitados, la prioridad del consumidor tiende a recaer en los gastos inmediatos, lo que limita la adopción de productos de protección. Según el Banco Mundial, más del 50% de la población de América Latina aún opera fuera del sistema financiero formal, lo que impacta directamente el crecimiento del sector.
Aun así, es precisamente en este punto donde reside la mayor oportunidad. El avance de los seguros está intrínsecamente ligado a la expansión de la inclusión financiera. A medida que más personas se incorporan al mercado laboral formal y acceden a servicios financieros, también crece la demanda de protección.
La reinvención de las aseguradoras en la era de la IA, por lo tanto, no se definirá únicamente por algoritmos o automatización. Dependerá de la capacidad del sector para abordar sus propios fundamentos: modernizar su base tecnológica, expandir sus canales de distribución y, sobre todo, adaptarse a las realidades económicas y sociales de los mercados en los que opera.
En la Región Andina, este movimiento ya ha comenzado. Y, para las aseguradoras que logren alinear estrategia, tecnología y ejecución, el rezago histórico puede, paradójicamente, convertirse en una ventaja competitiva, permitiendo avances más rápidos hacia un modelo verdaderamente digital, inclusivo y orientado al futuro.